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Vorágine

Vorágine

por Mariana Salgado Alemán

Sentía que se ahogaba, las lágrimas iban empapando su cara y caían en su remera formando grandes botones húmedos que se secaban de a poquito. Algo no la dejaba respirar bien, algo trancado en su garganta que al mismo tiempo recorría su cuello llegando hasta al pecho, la apretaba fuerte, la oprimía, algo adentro se cerraba y tenía su corazón en medio estrujándolo cada vez más fuerte como si quisiera sacar algo de él, como si pudiera hacerlo. Es que era eso, no sabía cómo hacerlo, no sabía cómo exprimir su corazón, el cerebro siempre había mandado sobre él, bueno, no siempre, hubo un tiempo que no fue tan así, que hacía dibujos con soles y sonrisas, que ponía “te amo” en sus cartas, que reía a carcajadas mientras corría, que escribía historias con finales felices, que se ilusionaba.

Pero eso fue cambiando de a poco, no se dio mucha cuenta en que momento fue, o en que momentos, solo fue…de a poco, que las sonrisas comenzaron a disminuir y esas corridas se convirtieron en caminatas con paso lento y pesado, sus dibujos tenían tantas nubes que no dejaban espacio para el sol, se olvidaba de poner te amo en sus cartas pero aun peor, se olvidaba de decirlo, sus cuentos ya no terminaban tan bien, y la ilusión… ¿qué era eso? Es por eso que el cerebro decidió actuar tomando todas las decisiones, ya estaba cansado de ver como el corazón se iba rompiendo de a poco, él tenía otras funciones más importantes que cumplir como bombear sangre para que todo el cuerpo funcionara, además si él estaba mal, el resto de los órganos también lo estaban y el cerebro ya no podía tolerar que ese cuerpo se fuera quebrando, lo necesitaba, y es por esto que empezó a pensar, sustituyendo al sentir. Todas esas risas inocentes las transformó en burlas e ironías, lo cual le parecía mucho más intelectual que andar mostrándole los dientes a cualquiera, la simpatía la convirtió en interés, el orgullo en arrogancia, la timidez en aversión y los sueños en ambiciones. Estaba cubriendo al corazón con una caparazón dura y difícil de romper, pero a veces los engaños eran muy astutos y lograban infiltrarse, aunque para suerte del cerebro tenía el as de la soberbia y el disimulo; también había logrado controlar los dolores, momentáneamente, que se los cargaba a los músculos, y cuando a estos se les volvía un poco pesado le pedían al cerebro que de vez en cuando utilizara otros órganos para pasarle esa carga, todo con tal de que no saliera ni una sola gota de los ojos.

A medida que el tiempo fue pasando, el cerebro tenía todo bajo control, salvo en algunas ocasiones en donde el cuerpo no podía sostener al dolor y lo devolvía a la cabeza, donde el astuto cerebro lo transformaba en ira, porque sabía que eso no era tan importante, ya que el enojo demostraba fortaleza. Sin embargo algo le falló, hubo una cosa que no pudo controlar, que pensó que no era tan importante y la dejó pasar haciendo la vista gorda como si fuera normal, pasajera. Nunca se imaginó que pudiera ser tan peligrosa, es que al principio no fue dañina, empezó por los pies moviéndolos inquietantemente, con las piernas hizo lo mismo, luego pasó por los dedos de sus manos también haciéndolos mover cada vez más rápido, pero llegó a la boca, a sus dientes, rechinándolos cada vez que el cuerpo dormía sin que se diera cuenta y cuando despertaba hacía que se comiese los pellejos de sus labios y de sus dedos, hasta ver sangre. El cerebro pensó que era nociva pero no destructible. Tampoco pensó que pudiera llegar a liberar a uno de los peores sentimientos, porque él lo había escondido bien, sin que nada ni nadie se diera cuenta de donde estaba, pero la encontró, y ahí fue donde empezó todo. 

La ansiedad con la angustia mezcladas provocaron el caos
, empujando a las lágrimas guardadas a salir por los ojos, haciendo que se desbordasen, tenían demasiadas acumuladas de todas las veces que se les había prohibido sacarlas, la angustia se quedó en la garganta y la ansiedad fue directo al corazón para provocarlo. Este luchaba por salir palpitando cada vez más fuerte, como si quisiera romper la caparazón que lo cubría. El cerebro desesperado no sabía qué hacer, no reaccionaba, el aire no podía pasar porque la angustia se lo estaba impidiendo y las lágrimas no dejaban de salir. Entonces recordó que aún seguía teniendo un cable que lo unía con el corazón, por si acaso, y le gritó desesperadamente que debía hacer para parar esta explosión.  – ¡Los recuerdos! – le respondió, y sin pensar (lo cual no era fácil para el cerebro) la llevó a sus recuerdos, a los soles, a los te amo, a las sonrisas. Las lágrimas poco a poco se fueron deteniendo, los ojos fueron guardándolas para otra ocasión, esto hizo distraer a la angustia, la cual se resbaló y cuando cayó golpeó a la ansiedad haciendo que las dos se desmayaran encima de la caparazón del corazón, rompiéndola un poco, haciéndolo más visible. Gracias al golpe este pudo liberar a la calma, para que recompusiera un poco de lo que se había roto. Pero el cerebro estaba confundido, el creyó que todo estaba bien, que no necesitaba de nadie y que podía gobernar por sí mismo, a lo que el corazón le dijo que se equivocaba, que su función era tan importante como la de él, que los pensamientos eran ineludibles pero que los sentimientos eran imprescindibles. Fue así como hicieron un pacto, en donde ambos gobernaran por igual, pero no iba a ser fácil, y ellos lo sabían, porque no podían prevenir los sentimientos y pensamientos de los otros, solo podían tratar de trabajar con los de ella. 

Y ella lo presintió, no podía ser tan dura consigo mismo, no podía dejar que las adversidades la derrumbaran tan fácil, no podía creer que aunque hubiera personas que la habían traicionado fueran todas así, tenía que reconocer que tenía puntos débiles como todos, pero también que tenía un lote de virtudes, por eso debía seguir intentándolo, con los demás, con ella misma, tenía que seguir creyendo que podía, porque sabía que podía, debía encontrar esa confianza que había perdido cuando era niña, volver a tener su orgullo en vez de soberbia y ayudar a los otros (y saber que no está mal pedir ayuda de vez en cuando), recordar que si alguna vez había sido feliz podía serlo de nuevo, y aunque sabía que caería otra vez porque la vida puede ser muy vorágine algunas veces, no debía olvidarse jamás de cómo levantarse.  

Mariana Salgado Alemán

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Comentarios (2)

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Moderador de Comuna Mujer.

Moderadora 19-02-2018

Gracias Alejandra por dejarnos tu comentario.

Alejandra. 17-02-2018

Una muy buena reflexión.

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