
Para muchas parejas estables, el deseo sexual está en el freezer: mujeres y hombres con varios años de relación, confiesan que su pareja ya no los excita y que su vida sexual resulta ser un agobio. A la hora de la intimidad, prefieren esgrimir una serie de excusas, llegando a convencerse que la sexualidad es un fenómeno complementario y optativo en sus vidas.
La consulta por falta de deseo sexual, es muy frecuente. Y afecta sobre todo a las mujeres. Ellas llegan al consultorio, diciendo que 'pueden vivir perfectamente sin sexo y sin orgasmos'. Es cierto que uno puede tener relaciones sexuales sin orgasmos, pero si el sexo ya no implica placer, si no dan ganas de que haya futuros encuentros, entonces el deseo cae. Y generalmente, son los hombres quienes incentivan a sus "parejas desganadas" a ir a una consulta.
Si bien en materia de sexualidad los números son relativos, la caída de la frecuencia en estos casos es muy notoria: el varón desea tener algún contacto, pero al sentirse rechazado una y otra vez, se va alejando. Es un mecanismo de defensa: para que no ser herido en sus sentimientos (ya no sólo es una cuestión física) y no sentirse incómodo, opta por alejarse cada vez más y evitar cohibirse en el futuro. Y la relación que en un principio supo ser fogosa, se torna incómoda.
Indudablemente, el estrés es uno de los principales enemigos del deseo. También lo deterioran, la falta o el exceso de trabajo, las angustias y las frustraciones. Estamos insertos en una sociedad en donde todo es rápido y se trabaja mucho. Donde, lamentablemente, nos han enseñado a privilegiar el deber por sobre el placer. Entonces, cuando uno vuelve a casa, en lo que menos piensa es en tener intimidad. Esta realidad, justifica eso de que “no hay tiempo para el sexo”. Cuando eso sucede, lo que se hace es "patear la situación" para un mañana que nunca llega.
Y no solo desaparece el sexo: no hay caricias, no hay besos, no hay aproximación... dejan de comunicarse.
El sexo no es siempre el mismo... tiene tintes. De la misma manera que uno va al gimnasio para sentirse y verse bien, al deseo sexual hay que trabajarlo, no viene espontáneamente. El deseo es como un músculo, como un idioma, que hay que ejercitar, construirlo permanentemente.
Y para eso no es necesario llenar la casa de velas y sahumerios. Tampoco se requiere comprar ropa interior atigrada, usar aceites esenciales o anotarse en algún curso de sexo tántrico.
Significa buscar estímulos, recuperar el placer, el goce. Empezar por tener más diálogo y también, por mirar al otro; porque las parejas que se ignoran sexualmente, han dejado de mirarse. Parte de la atracción está en la mirada, en hacerle saber al otro que es valioso y especial.
Recordando que sexualidad no significa genitalidad. Muchos de nosotros olvidamos, que nuestro mayor órgano sexual es la cabeza. Si uno no mantiene activo el cerebro, nada erótico ocurrirá. Pero mientras más uno fantasee, más ganas habrá. La mente es el afrodisíaco más poderoso. Porque no importa si después de ese beso hay sexo o no: lo importante es que deje el sabor de lo lindo, un gustito para un después. Eso no resta: ¡suma!
El deseo, el gran motor que pone en marcha la excitación, el orgasmo y el placer, no es un don con el que nacemos. El deseo se desgasta si no se es hábil, si no se tienen permisos sexuales para jugar en pareja y si no se tiene cierta educación sexual. Uno de los primeros pasos a tener en cuenta para reavivarlo, es defender un espacio privado. Dejar de lado la astenia, significa darle a la otra persona el espacio que alguna vez tuvo.
El sexo requiere tiempo. Si esperamos hasta las doce de la noche para tener ganas de mejorar nuestro deseo sexual, lo más probable es que optemos por dormir.
Para los que no puedan desengancharse de las obligaciones, lo mejor es hacer un plan para la intimidad con el otro, fuera de la casa que comparten.
Tenemos que aprender a pedir las cosas que nos gustan y decir lo que no nos gusta. Si el otro se olvida, hay que repetírselo sin que se ofenda.
Las fantasías son los mejores afrodisíacos. Siempre son ideales para aumentar el deseo.
No perder el erotismo. La literatura y las películas eróticas (que no es lo mismo que las pornográficas), también son útiles. Los besos deben estar incluidos en este menú y mucho. Tenemos que embriagarnos de besos.
Hay que cuidar nuestro cuerpo. Si aumentarnos mucho de peso, es posible que dejemos de sentirnos atractivos para el otro.
A veces, las vacaciones son un buen momento para reconstruir la magia. Cuando se está más distendido, el juego erótico -que está muy influido por factores externos- surgirá con más fluidez.
La pasión del primer momento, no dura para siempre. Salvo excepciones, es casi absurdo pensar que luego de veinte años de relación, vayamos a tener la misma frecuencia que cuando éramos jóvenes. Después de la pasión, lo que aparece es el apego y es ahí donde hay que inventar. Hay talleres que ayudan a destrabar mitos y prejuicios, enseñando y/o recordando a las mujeres y a los varones, ciertas pautas... ciertas “pequeñas” actitudes que producirán “grandes” cambios. Y si todos estos intentos no funcionan, hay que pedir ayuda a un especialista.
Lic. Diana M. Resnicoff
Psicóloga Clínica. Sexóloga Clínica.
Tel: (54-11) 4831-2910
email: dresni@gmail.com
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