El mundo es mucho más bonito visto a través de los ojos de un animal. Si todas las personas tuviéramos la excepcional habilidad para conectar con ellos de este modo, “recordaríamos” aspectos que antes nos eran innatos y que ahora, hemos olvidado por el rumor de la civilización.
Nuestras sociedades están aferradas al consumismo, a la sobreexplotación de los recursos para herir a Gaia, este planeta Tierra que nuestros nietos deberían heredar con la hermosura de antaño, con sus ecosistemas intactos, con su naturaleza igual de hermosa, viva y reluciente, y no con tantas fracturas casi insalvables.
Cuando tener un perro implicaba sobrevivir mejor como especie
Edward Osborne Wilson es un entomólogo y biólogo estadounidense, conocido por haber acuñado el término “biofilia”. Esta palabra define ese amor por todo lo vivo y que, en general, experimentamos la mayoría de personas que queremos a los animales. Según este científico, la afinidad que establecemos con nuestras mascotas tiene su origen en los primeros periodos evolutivos de nuestra especie.
Al mirar a los ojos a un animal, asciende de forma inconsciente hacia nosotros todo un anclaje emocional y genético. El ser humano estableció un tipo de vinculación muy íntima con ciertos tipos de animales, siendo el perro, uno de los más relevantes en esas épocas remotas, donde nuestra máxima prioridad era sobrevivir.
Una de las teorías de Edward Osborne es que aquellos humanos que en sus grupos sociales contaban con la compañía de varios perros, tenían mayores probabilidades de seguir vivos, frente a aquellos que aún no disponían de este vínculo.
Las personas que eran capaces de ganarse a un animal, de domesticarlo y construir una relación de afecto y respeto mutuo. Estaban mucho más unidos a la naturaleza, a sus ciclos, a esos secretos con los que encontrar más recursos con los que seguir adelante: agua, caza, plantas comestibles…
Es posible que al día de hoy, nuestros perros ya no nos sean útiles para conseguir alimento. No obstante, para muchas personas la cercanía y compañía de un perro o un gato, sigue siendo imprescindible para “sobrevivir”.
Nos proveen de cariño, de dosis inmensas de compañía, alivian penas, confieren alegrías y nos recuerdan cada día por qué es tan reconfortante mirarlos a los ojos. No necesitan palabras, porque su lenguaje es muy antiguo, muy básico y hasta maravillosamente primitivo: el amor.
No dejes de disfrutar de sus miradas, refléjate en ellos cada día y descubrirás todo lo bueno que hay en ti.